17 abril 2007

La arqueología trae de nuevo a la vida al pueblo Yumbo

Edwin Alcarás. Redactor

Si uno se detiene a pensar, hay algo que no deja de fascinar de la arqueología: ¿cómo recrear toda una vida a partir de un par de trastos apenas desenterrados y rescatados de las cuevas del tiempo?

Para Hólguer Jara, arqueólogo del Fonsal, esa pregunta es la clave del trabajo de toda una vida. Los últimos 20 años ha pasado entre los restos de una vida que fue. Ha establecido un segundo hogar en un caserío del nororiente de Pichincha llamado Tulipe.

Entre el bosque subtropical y el rumor perenne de la corriente de un pequeño río que cruza la comunidad, ha concebido las ideas sobre aquel pueblo indígena cuya existencia sospechaba la arqueología (debía haber existido un pueblo que comunicase a la Sierra con la Costa) sin comprobarlo completamente, hasta ahora.

Al pie del río Tulipe, acosado por la brisa del monte, Jara aclara las técnicas secretas de su trabajo. Lo primero: “La arqueología ha tardado muchas décadas para perfeccionar sus métodos de estudio y sus resultados tienen calidad de certezas científicas”

Pero ¿cómo se hace? ¿cómo se puede saber, por ejemplo, que el pueblo Yumbo fue pacífico, comerciante, muy inclinado a la espiritualidad y que fue, además, la pieza clave para entender la comunicación entre los pueblos de la Costa y de la Sierra?

El arqueólogo empieza mientras se dirige a una explanada sobre la cual se abren cuatro grandes cavidades, como piscinas con formas geométricas, realizadas con piedras de río. La ‘biblia’ de la arqueología, dice el especialista, son las capas geológicas.
La primera acción es realizar un orificio en la tierra para ver, según las capas en la que se encuentren los restos (en el caso de hallarse alguno), en qué épocas hubo asentamientos humanos. “Cuando vinimos, todo esto era puro monte. Hicimos un hueco y nos fuimos casi cuatro metros hacia abajo. Hallamos restos humanos en la capa correspondiente al período 500 a 1600 d. C. que luego desaparecen por una erupción volcánica. Ya teníamos al menos esa evidencia. Luego nada. Cuando estábamos a punto de irnos, encontramos restos correspondientes al período Formativo, o sea unos 4 000 años a.C. que desaparecieron igualmente, a juzgar por la otra capa de ceniza, por la erupción del Guagua Pichincha”.

Con esa información el arqueólogo tuvo, al menos, dos certezas: primera: sí hubo un pueblo en esa zona y, segunda, para enterarse qué mismo hizo ese pueblo necesitaría al menos unos 10 años .

Luego vino la clasificación de los objetos. El método en ese punto fue la comparación. Jara confrontó las piezas halladas con las ya muy estudiadas de la Costa y de la Sierra. Apreció su cocción, sus formas, los detalles de su acabado y concluyó que pertenecían al período Integración. Con eso ya tuvo argumentos para iniciar las excavaciones y extender un trabajo por toda la zon. Así sacó del olvido las piscinas entre las cuales camina mientras explica sus técnicas.

Entre esas construcciones de piedra hay unos acueductos que las interconectan. Y cuando se las desenterró se halló que sobre las piedras había una capa de ceniza. “Lo cual nos indicaba, desde luego, que las piscinas correspondían a la misma época de los asentamientos humanos que luego desapareció por las erupciones”.

Bueno, ya tenían varios elementos: la cerámica, las piscinas (sus formas, su material, su ubicación), algunas tolas que se descubrieron luego, varios petroglifos (piedras talladas con símbolos más o menos regulares). Y Jara se sentía como el niño que emprende la resolución de un rompecabezas. ¿Por dónde empezar?

Pues por todos lados. “La diferencia entre el arqueólogo y el huaquero está en la posibilidad de la interpretación de lo que halla. Esa interpretación se establece a través de los conocimientos que se acumulan como en toda ciencia”.

Geometría pluvial para ver estrellas

Justo al lado de la población de Tulipe, a la orilla del río, hay cinco piscinas que tienen formas de rectángulo, media luna y de un puma recostado. Hay una sexta que está a unos 200 metros hacia el norte con forma redonda.

Jara desplegó su intuición científica así: “Si sabemos que en todo pueblo el sentido de la trascendencia es vital y que, según se ve en los petroglifos, sentían una especie de obsesión por los círculos y las espirales, podemos atrevernos a afirmar que las piscinas son símbolos de una evolución espiritual de los Yumbos desde el descubrimiento del cuadrado hacia la perfección del círculo”.

Esa evolución, explica, además, que el pueblo Yumbo haya escogido esa zona como hábitat, porque la comunión de ese pueblo con la naturaleza le hizo establecer un sistema de observación de las estrellas (para lo cual eran usadas las piscinas a modo de espejos celestes). Y también tiene que ver con ese sentido de la unidad la forma de los caminos encontrados en la zona, caminos que comunicaban a las más de 1 300 tolas que se han hallado a 1 000 kilómetros cuadrados alrededor de Tulipe. Los canales profundos, en los que cabe una persona, se extienden hacia la Sierra y la Costa, en trayectos de más de cinco horas.

Y fueron, además, tales caminos los que permitieron a Jara darse cuenta de la magnitud de su hallazgo. Esa fue la pieza clave de su rompecabezas, la que le permitió completar la línea de la historia y de la geografía clásicas del país, incompletas hasta él.

Comprobó que los Yumbos comunicaron a los pueblos de la Sierra con los de la Costa y, que su cultura, una de las más ricas simbólica y espiritualmente, se alimentó por centurias de ambas influencias.

Fuente: El Comercio

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